Hambre, ganadería y medioambiente

Soy de la opinión de que muchas veces cuando se trata el tema de la actividad agraria en el mundo, pero especialmente de la pecuaria, nos dejamos llevar por las emociones y, sobre todo, por la subjetividad y, no pocas veces, por el desconocimiento y por las posverdades y por las falsas noticias, que regularmente se publican y a las que hacía referencia la semana pasada.

Basándonos en una serie de datos publicados por ejemplo, por la FAO, la ONU o el USDA, podemos colegir que actualmente en el mundo hay del orden de 1.200 millones de personas que padecen hambre severa, unos 2.800 millones que están desnutridas, unos 1.300 millones que están con sobrepeso y que sólo unos 2.300 millones tienen un peso normal (es decir, tienen un Índice de Masa Corporal -IMC- más o menos correcto).

A estos datos debemos sumar tres realidades demostrables: el sesgado crecimiento poblacional en la Tierra (incluyendo el aumento de su longevidad), la irregular distribución de la misma (cerca del 48% vive en las zonas más apropiadas que suponen no más del 8–10% del mundo) y el proceso del calentamiento global  (que no es simétrico ni regular, pero cierto).

A ellas hay que unir la necesidad de los 4.000 millones de personas de comer mejor.

A partir de este mix se puede llegar a la conclusión en base matemática de que una distribución más justa de los recursos alimentarios y una reducción drástica de la pérdida y/o del desperdicio de alimentos a lo largo de la cadena (que la FAO cifra en unos 1.250 millones de toneladas al año, teniendo lugar esta pérdida mayoritariamente en el primer mundo), podría mitigar de forma sustancial el problema del hambre en el mundo.

Es verdad, pero no pueden solucionarlo definitivamente proyectando el mencionado problema al año 2050 con la perspectiva de 10.000 millones de personas sobre la Tierra y un aumento muy significativo de la esperanza media de vida.

En este contexto no se olvide tampoco aquí que una alimentación vegana, tan en boga hoy (porque la ignorancia siempre ha sido muy atrevida), tiene graves limitaciones nutricionales. En efecto, se ha de corregir necesariamente, desde fuentes externas, la relativamente baja calidad nutritiva de las proteínas vegetales, la insuficiente presencia de vitamina B12 en los vegetales, la inferior cantidad y disponibilidad de hierro y de calcio en los mismos, etc.

Por todo ello la ganadería (con todas sus variantes, incluyendo, por ejemplo, la carne cultivada in vitro), será cada día más importante, y más necesaria, en la Tierra. Esta necesidad no la pueden solventar ni la ganadería artesanal ni la ganadería extensiva (aunque, sin duda, puedan constituir una ayuda). La solución ha de venir, nos guste o no, a través de la ganadería industrial, terrestre y acuícola, cada día más tecnificada, más eficiente y más eficaz.

Es verdad que la ganadería es una notable fuente de contaminación. De acuerdo con los últimos datos publicados por la FAO la agricultura y la ganadería generan aproximadamente el 20% de las emisiones de tipo invernadero; la industria energética genera un 45% y el transporte otro 18%.

Lo que no dice la FAO en este estudio es que, a nivel global, la propia población humana, unos 7.600 millones de individuos actualmente, es, sumando efectos directos e indirectos (por ejemplo, guerras, deforestación o fuegos provocados), con mucho, la mayor fuente de emisión de gases efecto invernadero en el mundo (pero, obviamente, referenciar esto no es “políticamente correcto”).

Pero, al margen de estas consideraciones, lo cierto es que la ganadería intensiva es una fuente contaminante a tener muy en cuenta (tal vez, ella genere alrededor del 6 al 8% de la contaminación global total real en el mundo).

Por esta razón la ganadería y también la agricultura claro, deben, sin ninguna duda, redoblar sus actuales esfuerzos para disminuir significativamente, por unidad de producto generado, la emisión de gases efecto invernadero (un ejemplo de estos esfuerzos puede ser, en el caso del vacuno de aptitud carne, el programa LIFE BEEF CARBON).

Es verdad que en nuestro sector pecuario hay muchas cosas que mejorar, entre ellas, insisto, la disminución de la emisión de gases efecto invernadero.

Pero esta realidad no justifica, en modo alguno, el ansia de ciertos colectivos (entre los que incluyo, en este caso, a GREENPEACE) por demonizar con unas nulas ética y objetividad, a través de posverdades y de falsas noticias, a la ganadería intensiva, poniendo así a nuestra sociedad, cada vez más alejada del mundo rural, en contra de una actividad fundamental para la supervivencia de la propia humanidad.

¿Me he expresado ahora con suficiente claridad argumental?

 

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito.
Universidad Politécnica de Madrid.

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