12/3/2018

Camino Soria

Todos aquellos que tenemos hijos/as en edad preadolescente estamos estos días inmersos en plena vorágine de exámenes y con el ambiente familiar ciertamente tenso, por decirlo finamente, porque en la actualidad, no como les ocurría a mis padres, las tareas escolares y los exámenes ya no son cuestión exclusiva de los directamente afectados sino de la familia al completo.

Quizás el pasotismo supino de mis padres para con mis estudios sería algo extremo pero no me negarán que, lo de ahora, pasa de castaño oscuro. Eso sí, lo que no ha cambiado es la antigua cantinela que atribuye a los profesores el suspenso mientras el aprobado es mérito, único y exclusivo, del estudiante.

Algo parecido ocurre, eso sí, a escala más grande, en la economía general, al menos en un estado tan peculiar como el nuestro donde las entidades financieras que se ufanaban de su carácter privado y empresarial mientras ganaban dinero a espuertas, en el momento en que vinieron mal dadas, fueron rescatadas por el Gobierno Central, según se nos explicó, por el bien público, o sea, por el bien de todos. Con las autopistas, otro tanto y así, mientras las grandes constructoras pujaron por construir y llevarse las concesiones de estas grandes vías en previsión de un beneficio más que apetecible, ahora que han llegado los tiempos duros, de curvas peligrosas que diría aquel, es el papá estado quien tiene que salir a rescatarlas.

En otros sectores y subsectores ocurre algo similar, aunque a la contra y así en nuestro sector tenemos empresas que cuando la cuesta arriba era dura y los planteamientos empíricos, basados en planteamientos financieros sustentados en los fríos números no acababan de cuadrar, se acudía a la teta de mama administración, amparándose en el interés social de la empresa pero, sorprendentemente, cuando se superan los baches y se afronta el futuro con cierta tranquilidad, con las luces largas a tope, se olvidan aquellas otras cuestiones colaterales (el interés social, el equilibrio territorial, el sostenimiento del paisaje, etc.) que fueron la percha a la que la administración tuvo que recurrir para justificar su intervención en plena crisis. Y es que, en este nuestro sector, no sé si lamentablemente o gracias a Dios, las decisiones ni se limitan ni pueden limitarse a una mera cuestión económica puesto que cuando nos referimos a la agricultura, en su sentido más amplio y abarcando la faceta agrícola, ganadera y forestal, más allá del parné, nos estamos refiriendo al lugar donde viven nuestras familias, las praderas en las que pastan nuestro ganado y de paso, el territorio que miman nuestros ganaderos, nos referimos a nuestras legumbres, hortalizas y/o frutas de la zona, estamos hablando de nuestra cultura alimentaria y gastronomía particular de cada zona, de nuestros montes y nuestros valles, del futuro de nuestros pueblos y todas estas cuestiones, superan con creces los bordes de las hojas de Excel y revientan las costuras de los trajes financieros con los que nos quieren vestir la moto algunos economistas.

Los productores, agricultores, ganaderos y/o forestalistas, no van con sus familias y sus tierras y cabaña ganadera de un lado a otro en función de la mejor oferta, ni deslocalizan sus herramientas de trabajo por muy atractivas que sean las condiciones de la tierra prometida porque ni quieren ni pueden perder sus raíces ni su vínculo con la tierra a la que pertenecen y quieren seguir perteneciendo y por ello, resultan incomprensibles, cuando no alarmantes, que algunas empresas se vayan a comprar más barato fuera, trasladen sus fábricas o sus procesos a países o zonas más económicas, por el simple hecho de cuadrar el balance y desvinculándose de su hábitat natural.

Pues bien, esta semana acabo de comenzar a leer el interesante, al igual que intrigante, libro del exministro de Agricultura y expresidente de la Comisión de Agricultura del Parlamento Europeo, el italiano Paolo De Castro, titulado “Hambre de Tierras” que trata, entre otras cosas, sobre el acaparamiento de tierras por parte de empresas y países temerosos de quedarse en el futuro próximo sin alimentos para su población, en el caso de los países, o sin beneficios del negocio agroalimentario, en el caso de las multinacionales agroalimentarias y leyendo dicho librito, que les recomiendo, me vienen a la memoria algunos casos famosos y polémicos de deslocalización productiva donde los cultivos y el ganado son desplazados a tierras extrañas pero cercanas a nuevos proyectos empresariales. Acciones de deslocalización donde, única y exclusivamente, atendiendo a los argumentos económicos y financieros de la empresa transformadora, los cultivos, el ganado, las familias y los pueblos son sometidos al balance de la empresa y a mayor gloria de los gestores y presidentes de turno.

Si la agricultura, y en ello incluyo al conjunto de la cadena, más aún en el caso de los proyectos de base cooperativa, se olvida que lo nuestro, el campo, es algo más que números (por muy importantes que sean), estamos abocados al mayor de los desastres. Siempre habrá algún territorio y algunos productores y empleados más económicos que justifiquen que todo se concentre en unos pocos lugares donde la cuestión familiar, territorial, medioambiental, paisajística y cultural, queden supeditadas al balance anual. Urgen, por ello, más que nunca, dirigentes y responsables que sean conscientes de ello y capaces de afrontar, correctamente, los planteamientos de futuro.

Resumiendo, si avanzamos en esa errónea dirección, no nos debiera extrañar que acabemos, como otros, en Noviercas, o sea, en Soria.

Xabier Iraola Agirrezabala

Editor en Kampolibrean.

Baserri eta elikagaien munduari buruzko bloga.

 

 

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